Poeta del Mes

Obra Completa de Baudelaire

Ed. y Trad. Javier del Prado y José Antonio Millán
Ed Espasa& Calpe
Madrid, 2000

Pocos poetas en lengua extranjera soportan, como Carlos Baudelaire (atengámonos al nomenclátor del viejo Ruano) tantas y tan distantes traducciones al castellano. En estos momentos coinciden en el mercado al menos 20 ediciones de Las flores del mal y 10 o 12 de cada una de sus obras que mal podríamos estar tentados de calificar como menores. Así el mercado, la editorial Espasa acaba de poner en los anaqueles su obra completa en brillante edición de Javier del Prado y José Antonio Millán.
La pregunta que se nos antoja al respecto es ¿qué hay en la obra de Baudelaire para que su poder de atracción nos siga pareciendo todavía tan grande o al menos por qué seguimos invirtiendo tanto tiempo y ediciones en ella?. La respuesta, al margen de la admiración personal que le profesemos, no es fácil y es que Carlos Baudelaire es un poeta afín a los desentendidos, al que los calificativos le vienen estrechos. ¿Cómo confrontar, se pregunta más de uno, la estampa de maldito que tan obsesivamente se le endosa con la de personaje conservador, misógino y hasta cierto punto clerical? La respuesta no es fácil, pero me atrevo a pensar que se trata de un personaje tan complejo, tan antitético, tan escindido, tan agónico, tan ... que puede albergar en sí mismo las más enconadas disputas, sin por ello -y he aquí su grandeza- dejar de ser profundamente coherente y unitario.
Yo creo, en este punto, que es precisamente el juego de contrarios, esa íntima indisciplina, lo que hace humano, demasiado humano a este hombre de vida afable y vertiginosa a ratos, que se siente desgajado de una sociedad con la que siempre trató de reconciliarse y en la que jamás se sintió no ya incómodo, sino expatriado, desplazado.
Como le ocurriera al huérfano Nerval, toda la vehemencia baudelariana consistirá en tratar de restituir el cordón umbilical, en recomponer ese puzzle deshecho con la temprana muerte del padre (la madre en el caso de Gerardo), pero sus esfuerzos, de ahí el desgarro interior que atenaza a ambos, resultarán siempre baldíos, cuando no descaradamente importunos. Ambos se sentirán extranjeros de por vida en un mundo al que no consiguen convencer ni de sus buenas intenciones ni de su legitimidad. ¿Cómo describir con toda claridad esta naturaleza tenebrosa, iluminada por vivos relámpagos -perezosa y emprendedora a la vez-, fecunda en difíciles proyectos y en ridículos fracasos, este espíritu en quien la paradoja adquiere con frecuencia el aire de la ingenuidad y cuya imaginación es tan grande como su soledad y su pereza absoluta?, se pregunta Baudelaire en un relato, La Fanfarlo, escrito a los 21 años, apenas devuelto a París tras su viaje en el Mares del sur, para, según su confesión, hacerse un hueco en el mundillo literario y -esto corre de nuestra responsabilidad- contrarrestar la férrea mirada del padrastro, y ganarse así el afecto perdido de la madre, que en ese momento representan el orden, el triunfo, la indolencia, la aceptación en el fluido social.

La vida de Carlos Baudelaire será, pues, un continuo bregar en busca de ese orden, llamando la atención sobre sí mismo a un mundo que él cree obstinada, cerrilmente de espaldas, y del que cada vez se va distanciando más y más. Una juventud así se convierte en un emperrado exhibicionismo: recordemos la enigmática expulsión de Colegio Luis le Grand, sus terribles enfrentamientos y vejaciones con el inmisericorde y antipático mariscal Aupick -para quien pide el fusilamiento en las revueltas del 48- su actitud provocativa en el barco que lo llevará al trópico, la etapa galante, desalmada y estupefaciente del Quai D'Anjou, su conversión por aquel tiempo al dandismo, su prodigalidad sin mengua, su predilección enfermiza por los deformes y marginados, su relación con la Venus Negra, esa cierta afinidad con lo macabro y lo bestial que, es cierto, jalonan sus flores... Nunca deja, sin embargo, de albergar esperanzas en esa reconciliación con su tiempo, él que acaso sea quien nos haya dejado una huella más perdurable de ese tiempo. Cuando definitivamente perdida la batalla - su peculiar batalla de París-, corra a Bruselas donde lo espera la más terrible indiferencia y la más ardua soledad, lo hará convencido de poder empezar de nuevo la batalla, aunque las fuerzas, muy limitadas ya, no consigan responderle.
Es la lucha sorda de Baudelaire, su inmensa y heroica soledad frente a un mundo que ha decidido excluirlo, lo que, a mi juicio, lo mantienen endiabladamente vivo. De él se dice que es el poeta que inaugura la modernidad, incorporando el tejido urbano a la tradición literaria, pero es a la vez y sobre todo el hombre que plantea de una manera definitiva el conflicto irreductible entre el individuo y su envoltura social, y en la medida que ese conflicto nos siga desgarrando y exprimiendo a cada uno de nosotros, la obra baudelariana (más allá de las etiquetas)seguirá sirviéndonos no sólo de antídoto y estandarte, sino como portadora de la más rabiosa esperanza.

Manuel Moya

 

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En esta ocasión, nosotros, fervientes admiradores del francés, queremos traer varias de las traducciones que en el mercado existen sobre dos de los poemas más conocidos y comentados de Baudelaire. Como norma general cada uno de los traductores se queja honestamente del trabajo de sus antecesores, poniéndonos al corriente de sus anteojeras y sus vicios, cuando no de la apoyatura ideológica que subyace en ellos. Baudelaire, ya está dicho, da para casi todo. Yo mismo doy en creer que los conflictos que atribuyo a Baudelaire no son más que los conflictos reales o ficticios que modestamente entablo con mi tiempo. Baudelaire, como otras tantas figuras descomunales e inagotables, tanto da para un roto como para un descosido.

Manuel Moya

Au Lecteur
L' Albatros