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Entrevista a Rafael Pérez Estrada
Poeta del mes

 

 

 

Taxi

Echar pulso a uno mismo, ganarse la partida (apostando en contra) piensa él, o, al caso, dejar también caer la hoja, o que la palabra la robe el viento, o esperar copiando otros poemas. Mientras (es muy directo) en el tejado, reseco en amarillos, el hombre, otro hombre, lanza desde la locura gritos, imprecaciones, letanías interminables, sórdidas letanías, y queda haciendo burla al fotógrafo de ocasión que espera la instantánea; faltan dos: la caída y una torta de hombre, de sexo de hombre, de tripas de hombre; y ya no importa si todo ha hecho calcomanía en el patio absorbente a un cemento más reseco, y él, el del tejado, saca la lengua y no se tira -Tongo-, piensa el de ocasión. El otro sigue allí, se rasca las axilas, estira las orejas, hace el mono, saca y mete la lengua; ahora, riega de orines a los espectadores. Mientras, él se juega a los sucios dados, hechos para repellar muelas o música en teclas al piano, la suerte de la suerte. Queda otra solución (se hace así la pregunta, sin interrogaciones que son signos machistas, obscenos, marcando, ambidiestros, equívocas posturas. Siempre él, así, renuncia a la admiración; allí un punto se le cae, pierde el equilibrio y aquí también) y antes de contestarse suena la sirena, los bomberos rodean practicantes y médicos, -Viva los bomberos-. El de la máquina apunta de nuevo -Niño, tráete el flash, que esto va para rato-. Y él (el del tejado), se desliza, tropieza, parece que resbala e intenta hacer el amor a una gata de febrero escapada del Clínico, refugiada también, -Y qué, (dónde estábamos, quién gana, a quién apuestas). Quitarse el chaleco de la angustia (es tal vez la cuestión), luego subir al tejado, buscar la gata, sostenérsela al otro, dar bramidos, dejar el resto abajo. -Corta, no sirve-. El hombre, el de arriba, cae, ha mordido el anzuelo, luego el sueño. El fotógrafo sil, flash, son las 6,45, tomó la instantánea, falta una; más tarde, a la hora de cenar, lo recordará. Y él qué, ha perdido. El piensa que el juego no vale y también está allí regado de orines, tenso los nervios, apoyándose simulón en el patio de arcadas. Que no noten el temblor de las piernas, el juego suyo. El otro, el de arriba de antes, dormido pasa, llevado entre cuatro bomberos. Ensayar la muerte, mascar el sueño, disfrazarse de neurótica trasnochada, póster de New York (Sara Bernhardt).- Y qué, dormir en el ataúd, cantarse gregoriano para otros oídos, cerrar los ojos, colocar las manos (siempre idéntica obsesión) o escaparse bidet abajo en busca de un deseo (eso ya lo ha escrito).
Qué se pregunta. Hacerse Soledad. Y le viene de prestado la imagen 1880 de la vieja, con las manos de ríos y lagos de piel, entrelazando ovillos; y más lejos, contar puntos, cuántos, uno, dos, equivocarse. Tan pronto, y anillar, hacer cabo a esa soledad, y luego hacer cometas, esperar un viento, otro distinto que no viene, ascender, lamer montes, o hurgarse en la infancia, o esperar ante el espejo (haciendo trampa) una juventud nueva. Tírame el balón, no vale. Y qué, apoyarse guapo en el mostrador, pagar y pensar; saber que se paga y no se paga, buscar la justificación de por la cara, por esa cara (hace un rictus). Y contar luego los billetes, y faltan cinco. Guapo él (yo). Y qué, o dejar el reloj en la mesilla, y apretarse, jurarse, insistirse. Lo perdí en el bar, me lo quitó el cajero al extender en rojo la chequera en el Banco. Y en definitiva, fue por la cara. Y por qué no. Había otros, otros por la cara, otros que contarían billetes (el reloj no, la estratagema es suya), y qué cara eligió. Lo juro, que no me engaño, fue por esta cara (y mira al techo y la molleja se le estira). Lo juro, fue por la cara, y qué, para qué me cuenta a mí esas cosas, déjeme dormir, hábleme de Usted. Y así, en definitiva calentar la soledad un poquito y otro poquito el sexo; luego al salir, mirar en la mañana, con desprecio, la ventana que hace hogar, el hombre, hombre vecino, hombre prójimo, que fisgonea, llamando por teléfono bajo una luz, en bata de cuadros y unas pantuflas de esclavitud, atado así él (61, no) con cadenas de periódicos a un butacón salvado al tiempo.- Así era, levante Usted el bolillo, el resto se lo comió el sol. Y cantar; el hacerle un gesto latino con la mano y gritar llamando un taxi.- Pare más cerca, hombre. Fue por la cara. Y arriba queda un hueco aún tibio, y el sol no se come los muebles, no se indigesta el sol de soledad, la soledad ha echado las cortinas y él baja en la única, la otra solución. Hizo bien en apostar en su contra, piensa, mientras el tic tac de un taxi hace moneda.

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La Rasilla

Al principio estaba, decían, encerrado en sí mismo. El empezó a notarlo, hizo esfuerzos inútiles por huir de sí, pero cuanto más afán ponía en la empresa, él mismo con más afán, se acompañaba, se seguía.
Entregado a la idea, porque así lo decían los otros, empezó a acostumbrarse; se acostumbró primero a las palpitaciones de su corazón independiente que le galopaba bajo el pecho y lo dejó hacer, y aquel bum-bum, unido al estruendoso tic-tac del despertador de campana que había llevado consigo de la casa vieja y que bailoteaba sobre la mesilla, le ayudó mucho a dormirse en sí mismo.
Luego llegaron los libros: en piel, suaves, de pergamino, con las aristas descosidas y raros para él, no bibliófilo, de pastas españolas. Les quitaba con esmero el polvo, los acariciaba como amante delicada, dejando chorrar los dedos, las yemas, por las cubiertas y vino a hacer de la biblioteca un gran gineceo. Así, al atardecer, con la bata de cachemira (algo nuevo también) se acercaba a la biblioteca, se hacía un rictus cínico y empezaba a engañarlos: simulando ser los elegidos luego escogía lo inesperado. Los dejaba al borde de la cama, crujiente, siempre en sábanas blanquecinas, y al apagar la luz volvía libidinoso a acariciarlos. Así, de esta manera, y con fondo de galope y tic-tac se le venía el sueño.
Seguían, ya no insinuando, sino afirmando, que se había encerrado en sí mismo, añadían que aquello, de seguro, acabaría mal; mas él pensó que bien fueran exageraciones y se sintió seguro.
Por entonces, en evitación de la elección, había llevado a su alcoba todos los libros. Instaló después el frigorífico (repleto en alimentos) e incluso colocó del ropero un jamón de Guijuelo. Dejó también al portero el precio de los recibos de luz, y calculado todo, cerró la puerta.
En la habitación, con las persianas echadas, creó sus días y sus noches, apretando la perilla tan cerca, y para comodidad de ambos, de él y de él, puso una silla bajo el colchón: logrando un ángulo preciso para leer.
Recitaba los trozos que más afables le eran de sus libros y notó que sabía más elegías que las escritas. Pasó días de paz, sin abrir para nada su pequeña alacena.
Las voces se le habían quedado atrás, hasta aquella mañana en que empezaron a golpear suave los oídos. De nuevo las voces, aquellas de siempre, denunciaban en eco desde las distintas habitaciones, injustificadas, su soledad consigo mismo. Como le era costumbre, no hizo caso, arregló la almohada y se perdió en la búsqueda de palabras raras, en el más dorado de sus diccionarios.
Dormía sin concierto en el desconcierto de aquellos días y noches mezcladas; y de nuevo, el eco lejano, distante, le martilleaba en la trompa de Eustaquio (que era la suya); y se agotó el papel, las letras de los libros, todo menos las latas mohosas de la nevera y el jamón que hacía percha. Las voces se sobreponían a la lectura, en letanía, de aquellos poemas lúgubres y quiso dar el mentís: para ello, se acodé en las raras vivencias soleadas de su lejana infancia, buscó en un rincón de palomas locas en tomo a las viejas de delantales claros y claras sonrisas, con paquetitos de poco peso, repletos hasta las esquinas de anuncios de yero y otras semillas. Así también recaló, buceó mejor, en aquellos años, en busca de la sonrisa que se le iba más allá y le quedó el recurso de contemplarse en el espejo (junto a los libros) y se vio lleno, cubierto, de telarañas, como un sarcófago, desnudo de repente, y quiso alcanzar dentro de sí, sólo de sí mismo, el golpear ruidoso de las canicas frotando emplomadas a las vencidas.
Y las voces persistían: cantaban viejas canciones, disfrazadas, inútiles, de sirenas; y por ello tal vez, por liberarse, no entaponó en cera los oídos, ni buscó un palo mayor al que aferrarse, y decidió al fin rendirse. Para ello, para demostrar que el encierro en si mismo no era como una jaula a caballo en un potro salvaje, renunció al otro "sí mismo": renunció, tal vez, a él.
Hizo un esfuerzo, descubrió el embozo de la cama polvorienta de libros, alargó luego una pierna, rastreando el lugar preciso de las zapatillas, se incorporó del todo y avanzó. Dejaba atrás su mundo, aquellos libros, las cornucopias doradas, los viejos uniformes, Marchó hacia la misma puerta. Detrás de las voces, estaba, de seguro, el otro él (el tercero), al corro en las canciones, trazando siempre las mismas sumas en la misma pizarra, parado ante los escaparates que deslizan trenes y preparando el azufre con clorato, ahunyentando los perros.
Se sintió feliz. Tomó el picaporte, forcejeó: al fin, la cerradura cedió. Abrió la puerta y los brazos para el encuentro: y chocó violento con el tabique de rasilla que lo emparedaba.

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El Alfiler

Al principio pudo ser así y así, al parecer, fue. Entonces, apenas era casi un injerto, vendado a sí mismo, que luego empolvado contra la filoxera, llegaría a ser. Empezó a buscar, como siempre, su propia sombra, su propio olor, el sabor húmedo de su lengua a la boca (su boca), intentando hallar el gusto profundo de las glándulas salivares, más difíciles en la incógnita del paladar, que el mismo degustar del agua pendiente al impulso del grifo roto, atado en cuerdas, de la vieja cocina.
En otras ocasiones se perdía en la anatomía rota de su mano, buscando el temblor de las hojas de otoño en la ginebra mareada de la noche pasada. En otras ocasiones, las más, atendía a sus dedos extendidos, consciente de que en algo le eran, y como si fueran, tras mil operaciones, ajenos, de prestado.
Luego, experimentado consciente de su yo absoluto, sin dudas, rebuscando encontró la muñeca. Estaba parada, inútilmente muerta, arrinconada al borde de la cama, sentada, tal vez así le pareció, cubierta de tiempo e incompleta; metió el dedo en la oquedad del ojo, movió el resorte, atinó con la pieza de plomo y, tuerta, la hizo parpadear. Más tarde la cambió de vestido. Dudó, ya en la desnudez, el buscarle las ingles y estiró el elástico que unía el celuloide de las piernas convexas, tal vez como las suyas cuando en el parque -niño- aprendía a dar el primer paso, luego distendió la fuerza desplegada y los muslos aplaudieron hasta quedar convulsos, tiritando, como si le temieran en el estupro.
Fue entonces cuando, tras de buscar fuera de sí, encontró sobre la borla de terciopelo ajado, envuelta en un aro de metal ojival, el alfiler preciso. Seguro, lo clavó, en ánimo de probar, en su propia carne, luego, buscando la concordancia en la tangencial perdida en los raíles de tranvías viejos de caballos de Otras épocas, intentó escribir: bastaba con eso, el alfiler había superado la prueba, se identificaba, perdiendo su propia esencia, con la naturaleza distorsionada, al parecer, de otros, de su equívoco. Luego (que no era más allá de aquel presente tan lejanamente pasado) tomó la muñeca y, para desde la vertiente desconocida del amor probarlo, la fue minuciosamente trinchando en pequeños orificios, que la cubrían de sangre (toda) al aire que se escapaba de la naturaleza, hasta ahora prefijada, de su perfil de molde que por antojo le fuera impuesto (tal vez, sin duda, era aquello lo que le sublevaba).
Mientras el alfiler transustanciaba en salero "la pepona", en modo alguno, ajeno a los principios esotéricos, pensó en la resonancia en ecos telepáticos de su acto: que no lo era, por su incapacidad probada de condición humana. No obstante, en la calle, las moscas se apretaban en las esquinas recónditas de los caballos de desecho y las bestias aullaban al par que el alfiler (inconsciente) atravesaba una y otra vez la muñeca.
Entonces murió con gran aparato de información la mujer negra, pintada en vetas que simulan la aleación imposible en mortero de oro y mármol, cuando el fakir atravesó el ataúd. El fakir, por el tono del espectáculo, había renunciado del todo al catafalco negro, había supeditado a la sulamita a la presión sanguínea de la resina transparente y sólida de los poliesters, haciendo bloque sobre ella y, de esta forma, mezclada la materia prima con los vasos rotos en docenas, con las mariposas enloquecidas por la quietud y con los helechos machos, la transportaba cómodamente sobre el viejo Hispano Suizo, de pueblo en pueblo, de canción en canción, de cuchillada en cuchillada y, al grito unánime de una multitud expectante, enervada por módica cantidad, siempre victorioso, con la sonrisa completa, atravesaba la resina, los helechos, la sulamita y el corazón de la sulamita, mientras
ésta sonreía en vida y se preparaba el sueño para la próxima representación.
Coincidiendo con la gran prueba, al atravesar el alfiler el pecho de la muñeca de siempre, lejana la sulamita, se convirtió en poliester. Los helechos perdieron su color, hicieron pequeñas pompas de humedad, las mariposas se calcinaron en gris y el fakir quedó desdentado en dolor, para siempre; mientras el público a medio enervar, enérgico, masivo, exigía en taquilla la devolución del importe. Así el hombre volvió en el viejo Hispano Suizo, deslizándose en el menos del peso perdido.
Fue entonces cuando el gran transmutador clavó de nuevo el alfiler, una y otra vez, como si aquello le fuera ajeno. Ya no había sadismo (como antes tampoco), había una ternura encerrada y el aire, a la punzada, le refrescaba el sudor de la frente; así clavó, convirtiendo la pasta en una masa informe, mientras el aire todo se le escapaba. Llegó a un punto en que el celuloide se había hecho molde a su mano y en la mano el tatuaje de la sulamita. Fue por eso, tal vez, que era como distinto a antes y lanzó el dardo: inclinó la cabeza, quedó esperando una probable resurrección de una carne (la suya) ajada, empezó anotarse trapo usado o quizás bayeta nueva, recién estrenada, guardada celosa para hacer el completo en ajuar a una felicidad nueva.
Tal vez, desesperado, o por el esfuerzo en tortícolis de la misma postura, se remurió. Abrió los brazos, abandonó la figura, bostezó. Observó que la cruz se le quedaba en sombra perdida en el claroscuro del pavimento a cuadros. Pensó, quedo, en la sulamita y puede que desde algún rincón de una célula loca el fakir alzara su mano (la de él) y el tic-tac de estampa guarnecida en flores se quedó así, parado.


Del libro "La Bañera".
Libros de Frontera. José Batlló ed.
Barcelona, 1974

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